No busco con todo esto retirar los cargos que, seguramente, merezco que se me imputen. Sólo quiero hacer una reflexión personal -y con ello, subjetiva- de todo lo que se me ha venido a la cabeza en estos últimos días.
Hay varios motivos por los cuales nos alejamos de aquellos seres que incluso pueden ser significativos en nuetras vidas: temor, orgullo, o bien circunstancias de cualquier índole. No obstante, en ningún caso figura entre tanta circunstancia la falta de amor, porque como siempre he sostenido, "el amor, al igual que la materia, no se crea ni se destruye: sólo se transforma".
Algo así me sucedió con una amiga; si bien fue extremadamente cercana a mí, mil cosas nos alejaron. Pasaron muchas cosas en medio de nosotras: mucho tiempo, muchas personas. En fin, "mucha agua bajo el puente", ante lo cual nuestras vidas tomaron rumbos aparentemente lejanos -algo que puede considerarse como natural y lógico-, rumbos que el silencio distanció cada vez más. Dicho distanciamiento me hizo pensar en un momento que ya no era parte activa de su vida, que sólo figuraba como un recuerdo en su memoria; si bien este pensamiento me dolió en su minuto, tampoco reaccioné, tampoco rompí el silencio... Hasta yo misma me habiá hecho creer que mis sensaciones al respecto no pasaban de ser "una lata"...
Yo, tan segura y tajante, vestida a lo meretriz francesa -cabe decir que celebraba ese día el cumpleaños de otra amiga con una entretenida fiesta de disfraces-, creí derrumbarme cuando recibo el llamado que sentenció un "Tabbie, pasó algo horrible: el papá de la Karina falleció".
"Plop!" diría condorito. Yo no atiné a decir nada, pues cada palabra la sentí como una cachetada, un "despierta mierda!!! tu amiga te necesita, ya nada más importa!!!!
Hice un par de llamadas, intenté disimular y no arruinarle la noche a nadie, pero no pude dejar de pensar, de tratar de comprender la magnitud real de las cosas. Veía en cada recuerdo a mi amiga, riendo feliz con las ocurrencias de su padre; lo veía a él también, con su discreta pero amable y amplia sonrisa, recibiéndome con sincero afecto cada vez que llegaba y estaba en su casa, porque ¡Por Dios que era grato sentirse así de acogida!
Una vez escuché decir que la verdadera naturaleza humana se expresa en las situaciones extremas y ¡vaya que es cierto! Porque "el tío" Eduardo estaba destrozado y desesperado ante la seria gravedad que aquejó en una ocasión a mi amiga, pero nunca abandonó la esperanza, y estuvo siempe dispuesto a darlo todo por los suyos, y muy especialmente por su hija.
Por todo lo anterior es que me resulta tan injusto eso que dicen que "todo difunto es bueno", porque todos sabemos que las personas estamos llenas de matices. Pero yo, realmente no podría decir algo malo de Don Eduardo bajo ninguna circunstancia; no tengo sinó buenos recuerdos de él. Además, soy una tipa muy afectiva y emocional, y mi condición me lleva a apreciar profundamente las expresiones de cariño que se me dan. Por lo mismo, siempre estaré agradecida de aquel gran hombre, porque no hay cosa más bonita para mí que el haberme sentido tan apreciada y acogida por él.
Estos días han sido muy tristes y a la vez significativos. He reflexionado acerca de muchas cosas de mi vida, y he podido extraer varias moralejas:
-el orgullo es algo que debe hecharse al bolsillo; es un verdadero parásito en el alma,
-hasta el suceso más horrible puede ser fecundante en la vida,
-el tiempo no espera a nadie; en un segundo estás vivo y los tuyos tambien, y al siguiente todo cambió y te mueres. Así de simple. Por eso hay que procurar ser feliz AQUÍ Y AHORA.
Luego de los funerales llegué a mi casa. Estaba muy frío y comenzaba a oscurecer, mas sentí la necesidad de caminar esos 3 km que separan el paradero y mi casa.
Pude al fin llorar un poquito más, y en eso estaba cuando apareció mi papá en el auto. Ante mi cara y mi mutismo nada dijo.
En casa se celebraba una reunión por el cumpleaños de mi bisabuela (extraña dicotomía la de celebrar la vida y la muerte en menos de 24 horas). En eso estábamos cuando mi padre se me acercó después de un rato, y sin más, me dió un cálido abrazo; yo no pude más que soltar un "te quiero" lloroso, y silenciosamente, darle las gracias a Dios el poder decirlo una vez más a tiempo.
Tal parece que al fin me quité el disfraz...
martes, junio 24
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
